
Año 1999, un director casi desconocido irrumpe en Hollywood con un bombazo llamado El Sexto Sentido, que hizo que tanto crítica como espectadores le ovacionasen y consideraran de inmediato como el nuevo prodigio del cine americano. Habiendo trabajado únicamente en dos películas (Praying with Anger y Los Primeros Amigos) antes de ganarse el respeto de la industria del séptimo arte, M. Night Shyamalan es una fuerza de la naturaleza que al igual que un huracán, puede llegar para arrasar como sin más, desvanecerse y quedar en el recuerdo las consecuencias de su paso por nuestras tierras. Si con la cinta protagonizada por Bruce Willis y Haley Joel Osment se metió en el bolsillo a una buena parte de la comunidad cinéfila, era cuestión de tiempo descubrir con qué clase de película nos sorprendería en el año 2000, y para sorpresa de todos, se decantó por un género del que solo Tim Burton con la ayuda de Micahel Keaton, supo lucrarse, el de los superhéroes, pero para más inri, no le bastaba a M. Night centrar su atención en los personajes ya existentes creados por Marvel o DC, sino que decidió partir de cero y crear un, a día de hoy, rico universo propio con personas fuera de lo común capaces de hacer cosas extraordinarias sin necesidad de vestir capa o antifaz.
El Protegido no gira alrededor de salvar el mundo o enfrentarse a villanos imponentes, habla acerca de la aceptación de uno mismo, tanto para el bien como para el mal, porque si algo convierte a este filme en una obra atemporal, esa es la manera con la que la trama se desarrolla, una que sutilmente nos narra el nacimiento de un héroe al mismo tiempo que el de su contrapartida malévola en la piel de un espléndido Samuel L. Jackson, porque en el fondo esa es la realidad, uno no puedo existir sin el otro como bien el Joker ya se lo ha recordado a Batman en numerosas ocasiones. Es esa revelación a tres minutos de los créditos finales la que eleva a este filme al estatus de culto, y lamentablemente es justo esto último lo que provocó que no triunfase a nivel económico tanto como se esperaba del cineasta que un año antes había roto la taquilla. Aún así, el paso de los años y el modelo de negocio actual de Hollywood en el que priman las adaptaciones de cómics le acabó dando la razón a Shyamalan quien con Múltiple (2015), volvió sorprender al mundo entero expandiendo una historia que creíamos ya había sido contada pero que en realidad estaba lejos de su conclusión, que al final pudimos disfrutar con Glass el año pasado, o eso creemos, porque si hay algo que caracteriza a este director son las sorpresas, esas que siempre que llegamos al clímax de sus películas, vienen para provocar una reacción en nosotros que pocos artistas son capaces de conseguir, el de sacarnos una sincera sonrisa porque nos la han jugado durante hora y media y no nos hemos dado cuenta hasta que han querido. Shyamalan juega con sus espectadores y, aunque no le haya salido bien todas las veces, nunca nos ha dejado indiferentes, siempre provocando que entre nuestro grupo de amigos o familiares surjan discusiones acerca de qué significaba esa revelación o si era acertada.
Puede tener la apariencia de un blockbuster y contar con intérpretes a la altura de las grandes producciones hollywoodienses, pero El Protegido evita cualquier equiparación con esa distinguida liga multimillonaria para además de contar esa dura travesía personal que David Dunn (Willis) y Elijah Price (Jackson) recorren en direcciones opuestas y al mismo tiempo paralelas, también las vivencias de una familia que al principio parece estar cerca de la ruptura pero que con cada paso que se avanza, acaba por estrechar con fuerza esos lazos, en especial David y su hijo Joseph (Spencer Treat Clark), quien acabará por convertirse en ese extraño nexo que existe entre Dunn y su faceta más valiente, de la que reniega. Es su hijo quien acaba por convencerle de aceptar su condición, una que se ve reforzada por Price hasta el punto de que decide plantar cara al mal y defender a esas personas inocentes cuyo único error es ser felices.
Bajo la batuta de James Newton Howard y la firma visual de Eduardo Serra, la película de Shyamalan escapa de las habituales convenciones cinematográficas para demostrar que hasta las historias más anodinas como aquellas que relatan la lucha entre el bien y el mal pueden reflejarse a través de la fragilidad mental y física de dos seres humanos que solo luchan por aceptarse y entender su papel en el mundo.

