Creo que el título de ésta entrada refleja muy bien lo que a continuación se tratará.
Siempre acechando, el “sino”, como a ello le gusta referirse un muy buen amigo, manipula nuestro devenir con cada exhalada suya, propiciando que nuestros pasos, inconscientes aunque creamos lo contrario, nos dirijan de un lugar a otro según lo que determine. Es de hipócritas creer en la existencia de un albedrío que nos antoje tomar decisiones. Tal y como refleja la historia del mundo, todos estamos abocados a unas u otras consecuencias, sin importar cuán luchemos por cambiar el rumbo de nuestras vidas o cuán nos aferremos a aquello que deseamos. Si tiene que ser, será, y me temo que no nos queda otra que aceptarlo.

A lo largo de una vida, el ser humano debe hacer frente a bifurcaciones que le incitan a sentir que tiene el control, que es quien dirige cada una de las escenas de las que es partícipe, aunque me temo que todo ello no es más que una ilusión que nosotros mismos hemos instaurado para poder disfrutar más de nuestra existencia, al igual que en un videojuego cuando se nos da la posibilidad de elegir qué respuesta es la que daremos en nombre de nuestro avatar. ¿Qué diferencia hay entre lo uno y lo otro? Ninguna, pero nos empeñamos en creer que sí cuando en el fondo no es más que eso, una leve sensación de autonomía.
Somos así, una especia consciente, reflexiva, capaz de entender decenas de los misterios del universo pero no aquellos de los que nuestras vidas son rehenes. Me duele ser yo quien os lo ponga en bandeja, pero habiendo soportado dicha carga año tras año desde que era un niño y no haber encontrado a ningún otro que se tomara la molestia de exhibir parte de los entresijos de la vida, me temo que no me quedaba otra.
Con más de siete mil millones de pequeñas motas habitando este planeta, ¿estaremos algún día preparados para aceptar ser los títeres de esta fuerza incorpórea, o necesitaremos siempre creer el la libertad de elección para vivir plenamente? Supongo que solo el tiempo lo dirá.

