Hace 72 horas, una fuerte sacudida me despertó de un bello sueño en donde todo el mundo por primera vez me daba la razón. Rechistar o negar mis argumentos parecía no ser posible para aquellos personajes con los que me cruzaba de tanto en tanto. Con una sonrisa en la cara, me saludaban o paraban para escucharme hablar, asintiendo con la cabeza en cada ocasión que mis labios volvían a sellarse para posteriormente ponerme en marcha y caminar hacia el siguiente escenario donde me tocara actuar como heraldo de la lógica.
A pesar de no lograr recordar con vehemencia la mayor parte de ello, sí me quedó marcada una frase de las múltiples que pronuncié esa noche inconsciente precisamente a escasos segundos de abrir ambos párpados y cerrarse la puerta de la dicha social. Un único set de palabras que, una vez volví en mí, agitaron mis sesos con ímpetu, el mismo que cualquier crío siente cuando se da cuenta de que la niñez no es más que parte de su pasado:—De aquí en adelante, punto final.
Siendo más o menos las siete de la mañana, froté mi rostro con ambas manos y me levanté del colchón con el mayor cuidado que mi cuerpo de 100 kilogramos me permite, y me fui directo al cuarto de baño. Allí me miré al espejo y, durante un instante, sentí que era feliz.
—¿Cómo es esto posible? —me dije mientras permanecía absorto frente a aquel reflejo, parecido a mí en todo, pero en el fondo de sus ojos castaños, exactamente lo opuesto.
Me eché un poco de agua en la cara, abrí la puerta y dejé atrás ese suceso al igual que mi yo tangible le había dado la espalda a todo lo demás hacía unos minutos, pero para mi sorpresa, nada más me volví a recostar sobre la cama, me asaltó el pensamiento de:—¿Y si esto es en verdad resulta ser el punto y final de la especie humana?
A lo largo de una hora no dejé de darle vueltas a este asunto, y a cada una, mayor era el miedo que me ofuscaba.
—En caso de que así fuera, ¿ha sido el ser humano digno de su existencia o se despistó por el camino de la evolución? —preguntas todas ellas a las que no tengo respuesta.
Siempre nos he visto como el producto de una incesante cadena de coincidencias, por lo tanto mi concepción poco puede valer como para intentar si quiera imaginar si nuestras vivencias deben ser calificadas en relación a lo etéreo, lo que escapa a nuestra concepción; pero aún así, se me planteó algo en lo que nunca me había parado en pensar como lo es la idea de nosotros no ser lo que se intuía sino un mero reflejo, la cara de la moneda que fracasó y ahora paga unas consecuencias inesperadas. ¿Quién sabe?
Espero que ello pueda daros algo en lo que pensar y, con suerte, debatir de manera sana.
Gracias por pararos a leerme.
BM

