Cuando hace siete años me encontraba sentado en el sofá de casa concluyendo la historia de los que hacía apenas una semana y media no eran más que unos desconocidos, Joel y Ellie, no pude evitar sentir como el corazón me latía más que con cualquier otro videojuego que hubiese jugado hasta la fecha. Sentía que estaba frente a una de las mejores historias contadas dentro de este mundillo, llegando a convertirse para muchos, entre los que me incluyo, en la mejor obra de la generación de PS3; no solo debido a la agudeza narrativa del señor Druckmann, guionista entonces y ahora, sino también por la amalgama de personajes que a lo largo del viaje del que somos partícipes se nos presenta, y la naturalidad con la que ellos juegan su papel dentro de la historia. Nunca antes había vivido con tanta emoción la muerte de un par de personajes secundarios como lo eran Henry y su hermano pequeño, Sam, o la ira compartida con Ellie al deshacernos por fin de Daniel tras desvelarse sus intenciones. Una vez llegados al final, no voy a negar que ese último diálogo que se da entre la joven y Joel me dejó roto por dentro. Todos conocíamos el precio que debíamos haber pagado por tener una oportunidad para dar con la cura que frenase al virus que había diezmado a la población mundial, una vida por la de millones de supervivientes, pero inevitablemente, también conocíamos el desenlace de lo ocurrido en el hospital que dirigían los Luciérnagas. La decisión que tomó Joel, más que egoísta, sabíamos que era la que muchos de nosotros también hubiéramos tomado, pues el vínculo que nos une a Ellie (como jugadores) comienza a forjarse no al conocerla, sino al ver morir a Sarah y entender qué hace a nuestro robusto personaje ser como es, y la posterior evolución que sufre. “The Last of Us: Parte II”, siguiendo la senda marcada por la primera entrega, nos trae de vuelta a ambos personajes cinco años después de hacer frente a ese desenlace con el cual tuvimos que lidiar sí o sí y a la vez, aceptar mudos, conscientes de que lo que fuera que siguiera a aquello siempre sería fruto del anhelo y el amparar (justificados para nosotros) que se gestaron dentro de Joel para con nuestro zagal custodio, una pesada carga para un solo hombre. Si bien durante nuestra primera toma de contacto nos incitan a disfrutar de la belleza de sus escenarios (la vasta naturaleza brilla como nunca antes) y el descubrir como los años han hecho mella en la pareja protagonista, no solo a nivel físico sino también emocional, éste no tarda mucho en recordarnos que el mundo que habitan sigue siendo el mismo que antaño a pesar del lustro que separa a uno y otro capítulos, y que por tanto, los peligros que acechan desde las sombras o que inesperadamente dan con nosotros siguen merodeando a nuestro alrededor, esperando al momento idóneo para atacar y saciar sus fauces. Sin entrar en detalles de la trama, debo confesar que una vez fue anunciada ésta secuela, tuve miedo, y no porque dudara de Naughty Dog, pues han demostrado más que de sobra su capacidad para sorprendernos gratamente con cada uno de sus videojuegos, siempre estando a la altura o superando a la obra previamente publicada, sino porque temía que “The Last of Us: Parte II” no pudiera ofrecerme lo que yo ni siquiera estaba seguro que quería, pero que en lo más profundo de mí, deseaba. Neil Druckmann ha tenido el valor de darle continuidad a una historia que por su propio peso, por cómo nos despedimos de estos personajes hace siete años, parecía estar destinada a no tener, pero aquí nos hallamos, y por lo tanto la pregunta que ahora nos toca hacernos es, ¿mereció la pena el precio a pagar por ello? Honestamente, sí y no. ¿Por qué SÍ? Aunque con su primer tráiler se diera de manifiesto que el hilo motor de esta nueva aventura sería la sed de venganza (entonces desconocidos los motivos) por parte de Ellie, no puedo dejar de darle vueltas en si realmente ello es por lo que en el fondo el señor Druckmann decidió sentarse y escribir el guión de esta obra, o si por lo contrario, lo que procuraba de verdad era abrirnos los ojos, una ocasión para darnos cuenta de que entre el bien y el mal no existe más que una fina línea que con asiduidad, cruzamos sin darnos cuenta de las consecuencias que pueden llegar a darse debido a nuestros actos. Tanto el papel del héroe como el del villano no existen, este mundo solo lo habitan personas que o salen ganando o perdiendo, y si se da lo primero, nunca del todo, ampliando así su espectro psicológico. ¿Por qué NO? Prendida la mecha, nos sumergimos en una cacería que exhala odio y, en muchas ocasiones, remordimiento, inevitable cuando se nos revelan los datos precisos para unir las piezas del puzzle que debemos resolver, las razones que llevan a unos y a otros a luchar entre sí, siendo justamente esto, la motivación personal que guía a cada uno de los personajes, el punto donde en mi opinión acaba flaqueando el título, puesto que esa línea, casi invisible, acaba jugando en contra de la propia hazaña, impidiéndonos en ocasiones saber exactamente a quién deber lealtad. Dejando a un lado lo meramente narrativo y centrándonos en el aspecto técnico, “The Last of Us: Parte II” goza de uno de los apartados gráficos más endiabladamente bonitos que hoy en día uno puedo encontrase en el mercado de las consolas de sobremesa. Si en algo Naughty Dog ha sabido especializarse es en sacarle el máximo partido a las consolas de Sony. Lo consiguió en PS1 (Crash Bandicoot), lo volvió a hacer en PS2 (Jak and Daxter) y se desató en PS3 (saga Uncharted y The Last of Us). Con la cuarta entrega de las aventuras de Nathan Drake y ésta secuela (también cabe mencionar Red Dead Redemption 2 por parte de Rockstar), podemos decir que el tope al que aspiraba esta generación de consolas ha sido superado con creces, puesto que este trío casi nada tiene que envidiarle a las tarjetas gráficas de PC y sus sistemas de refrigeración de última generación. A pesar de no tratarse de un mundo abierto, la perfecta sincronía entre lo que se muestra y la calidad con la que se puede interactuar con ello es asombrosa. Por ejemplo, la distancia de dibujado de las explanadas que visitamos parecen fotografías, basta con pararte un instante o caminar con lentitud y observar alrededor cómo cada textura está ahí para poder ser degustada por los ojos aún estando a una distancia considerable, sin que la tasa de frames sucumba frente a dicha tarea; y aunque en alguna ocasión pude fijarme en alguna que otra sombra que, según la posición de la cámara, aparecía o desaparecía, esto solo puedo considerarlo un hecho aislado dentro de la rotunda belleza que desprende el videojuego. Otro dato más (y que todavía recuerdo como el primero pecaba bastante de ello) es que si a alguno de vosotros os preocupaban los dientes de sierra, creedme cuando digo que os podéis olvidar de ellos. La optimización de la que goza “The Last of Us: Parte II” y el mimo con el que cada detalle se toma en cuenta, incluso el abanico de animaciones que posee Ellie, es una clara muestra de que cuando un estudio se toma el tiempo necesario para pulir su producto todo lo posible, puede salir algo maravilloso y que establezca unos estándares que la industria debería tomar como propios y que se requiriera a todas las compañías AAA (¿algo que decir, Ubisoft?) En lo relativo al plano sonoro, sí que debo recalcar la figura de Gustavo Santaolalla, compositor de la BSO de la entrega original y que aquí vuelve a tomar las riendas de la misma (con ayuda de Mac Quayle) aunque con un punto de emoción por debajo. Aún sigo escuchando de vez en cuando pistas de la soundtrack del episodio previo al que nos reúne hoy, puesto que me parece de las mejores (tomando películas, series y videojuegos) que he podido disfrutar dentro del panorama artístico, y el darme cuenta de que aquí no he llegado a verme embaucado por estas melodías como sí me ocurrió hace siete años me hace sentir un tanto decepcionado, eso sí, cuando la acción lo requiere, los tonos melancólicos de las cuerdas de Santaolalla dejan paso al poderío de los sintetizadores que ayudan a crear el ambiente perfecto para los enfrentamientos que se dan a lo largo de la aventura. Y no solo eso, el sonido ambiente también goza de un papel relevante a la hora de zambullirnos en la atmósfera en la que cohabitan los personajes que controlamos. El sonido de los chasqueadores dentro de una estación de metro desolada, el sonido al cargar la única bala que nos queda en el inventario y el posterior disparo (ya sea la 9mm, fusil o escopeta [no temáis, hay más]), el grito desalentador de un enemigo al arrancarle de cuajo una pierna, etc… Todo ello contribuye a que no seamos simples espectadores sino compañeros de Ellie, participando de forma activa al dirigir sus movimientos pero también teniendo que soportar todo lo que ella. “The Last of Us: Parte II” puede o no ser la secuela que esperábamos, pero sí que es una que nos marcará por mucho tiempo y que nos hará plantearnos preguntas que antes no nos hacíamos al jugar, lo que para mí es algo favorable pues no necesariamente lo que hacemos dentro de estos es siempre lo correcto, pero si al menos nos llegamos a preguntar el coste de nuestros actos, eso ya vale más que la puntuación que se le pueda otorgar a este título; aún así, esto no deja de ser un videojuego, y por lo tanto en ocasiones puede resultar exasperante el no poder ser tú quien realmente tenga la oportunidad de hacer las cosas bien, tomar la decisión acertada, y solo ser el vidente de una caída casi sin fin a las Antípodas de la oscuridad que yace en nosotros, como quiere Neil Druckmann.
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