
A pesar de todas las dificultades que los jugadores estamos encontrando en el mercado para hacernos con una flamante consola de nueva generación, ya sea PS5 o Xbox Series X (con la única excepción de la “intergeneracional” Series S), yo he logrado ser el protagonista de una odisea en donde la avaricia más perversa que hoy día puede afectar a un mero usuario del sector del videojuego ha sido el móvil de mis actos, unos que me han llevado a disfrutar de ambas máquinas —PS5 por partida doble— al precio de solo una. Seguramente ahora os estaréis preguntando, ¿y a mí esto qué me importa? Pues bien, permitidme robaros unos minutos de vuestras vidas para poneros al tanto de las conclusiones a las que he llegado a título personal una vez he dado por finalizada esta travesía de 365 días.
Febrero ´21
Después del chasco que supuso el no poder hacerme con una Playstation 5 el día de su lanzamiento a causa de un malentendido a la hora de realizar la reserva meses antes, una vez llegó el mes de febrero, al fin pudo hincarle el diente a la bestia de Sony junto a una copia de Demon’s Souls. Si mi penitencia no había sido ya suficiente –el ver esa multitud de videos en Youtube de personas abriendo y disfrutando de su nueva consola hacían mella en mi sano juicio--, todavía quería sufrir más a manos de los chicos de Bluepoint Games, en un acto de reconciliación con la fórmula Souls, que por entonces me tenía taquicárdico después de meses intentando derrotar al opcional Dios del Trueno de Dark Souls 3. Además, dicho título sigue siendo uno de los más espectaculares a nivel visual dentro del catálogo de PS5.
Bien, a partir de ese momento y a lo largo de nueve plácidas treintenas, fui otro usuario más de los millares que ya se habían embarcado en la generación naciente, el cual a cada juego que se las prometía como el nuevo escaparate visual y “palpable” de la potencia nipona, le daba un bocado, ya fuera para sentir en mis manos cómo se le sacaba partido a la vibración háptica (y a ese sencillamente fascinante efecto gatillo) del espectacular Dualsense, o para sumergirme en los escenarios de dichos juegos gracias a la tecnología 3D Tempest con la que tanto Sony promocionaba su consola.
Aunque creía que a partir de ese momento ya nunca más tendría que preocuparme por a qué jugar o dónde hacerlo, lo cierto es que muy a mi pesar, ese periodo estuvo marcado por tres hechos que poco a poco fueron minando mi interés en la plataforma de Sony.
En primer lugar, los Pulse 3D (esos cascos de diseño futurista con los que sacarle el máximo partido al sonido espacial de la PS5), resultaron ser todo un dolor de cabeza, literalmente. No era capaz de aguantar con ellos ni una hora sin que empezara a sentir como todo mi craneo empezaba a ser aplastado, empezando por la coronilla hasta llegar a las orejas. Darme cuenta de ello fue todo un jarro de agua fría, puesto que nunca antes me había ocurrido nada similar, y porque realmente estaba emocionado por desembolsar por vez primera, una cantidad de (casi) tres cifras en unos auriculares que desde que fueron anunciados, captaron enormemente mi atención, convencido de que serían lo más.
Lo segundo que provocó que me replanteara mi decisión de dar el salto a la nueva generación de la mano de Sony, fue inevitablemente el rotundo éxito de GamePass, el servicio de suscripción de Microsoft que deja en pañales a cualquier otro al que actualmente puedas suscribirte en relación al mercado videojueguil. Juego online, ofertas de todo tipo, un catálogo magnífico de títulos a los que jugar ya sea descargándolos en la consola o vía streaming…, y lo mejor de todo, videojuegos que se estrenan de manera gratuita y en su día de lanzamiento, dentro de la plataforma. Y a todo esto le añadimos una retrocompatibilidad nativa con juegos tanto de Xbox One, como de Xbox 360 y su antecesora, la máquina que dio origen a la competencia de Playstation. ¿Qué más se le puede pedir a Microsoft?
Por último, la progresiva falta de novedades para PS5 que pudieran satisfacerme se fue haciendo más y más notoria. Llegué a un punto en el que los dos únicos juegos a lo que jugaba eran CoD: Warzone o Dead by Daylight, puesto que se trataba de la única manera de entretenerme con mis amigos, ya que ninguno había podido dar el mismo salto que yo a PS5, y dependíamos de obras intergeneracionales que nos permitieran jugar juntos.
En fin, al llegar los retazos finales de ese medio año durante el que pude disfrutar del pedazo de consola que puede llegar a ser Playstation 5, un pensamiento empezó a surcar mi lamentablemente extenuada psique, ¿y si a lo mejor debería haber dado el salto a Xbox Series X? No paraban de publicarse noticias de los nuevos juegos que estaban a nada de llegar a GamePass, el multijugador de Halo estaba a la vuelta de la esquina y la fortuna se había puesto de mi lado cuando fortuitamente me encontré con que en la página web de GAME, se podía reservar una de esas consolas sin necesidad de ser partícipe de una interminable lista de espera, por lo tanto, ¿qué debía hacer?
En cuanto la web se actualizó con la opción de pagar una señal, me tiré de cabeza a por ella, convencido de que no había nada de malo en hacer dicho pago con la opción de, en caso de querer hacerlo, cancelar dicha reserva más adelante. El resto, como ya os podréis imaginar, es historia
Noviembre ´21
Pagado el pellizco de mi futura nueva Xbox, decidí cortar por lo sano con Sony y vender mi PS5 para así, con el dinero que ganara, recuperar al completo la cantidad invertida en la bestia negra de Microsoft —mi economía no es que me permita tener las dos a la vez—, y ya de paso, pagarme una suscripción trimestral a GamePass Ultimate, puesto que los lanzamientos cercanos de Forza Horizon 5 y Halo: Infinite eran demasiado apetecibles como para no querer echarles el guante por la irrisoria cifra de 12,99 Euros al mes.
Dicho ello, una vez me llegó a casa la nueva consola, no podía sentirme más satisfecho con el cambio, no solo porque al fin podría formar parte de la familia del Tito Phil y sus suculentas ventajas, sino porque en el fondo necesitaba realmente un cambio de aires digital: una nueva interfaz con temas personalizables, diferentes propuestas jugables, compatibilidad con juegos a los que hacía años que no jugaba o que en su momento no pude disfrutar (Silent Hill 2 & 3 + Homecoming), etc… Desde ese mismo día, me di cuenta de que para nada debía sentirme arrepentido por lo que había hecho, puesto que con la excepción de exclusivos como Ghost of Tsushima o Nioh 2, no había nada más que me hiciera echar la vista atrás.
Al mes de mi compra y por primera vez desde que la “Next-Gen” despegara, dos de mis amigos me comentaron su interés en también pasar de Playstation a Xbox, decisión que avalé desde el primer minuto en que me confesaron sus intenciones y que les llevó a aprovechar una de las muchas promociones que tienen como protagonista a Xbox Series S apenas unos días después. Así pues, en un abrir y cerrar de ojos, ya no era el único en pasármelo bien como usuario de la Gran X, y poco a poco, la rutina a la que por tanto tiempo me mantuve enganchado en Playstation se comenzó a instaurar en Xbox, solo que en esta ocasión, la diversidad de los títulos a los que yo y mis compas le echábamos horas era un poco mayor.
Con el paso de los días, las semanas y eventualmente, los meses, aunque os pueda parecer una tontería, el amplio abanico de juegos disponibles en el catálogo de Xbox empezó a hacerme sentir sofocado, como si tantas opciones me impidieran decidirme por algo concreto a lo que jugar, lo que me llevaba cada noche a encender la consola para jugar cualquier título multijugador con el que pasar el rato, ya fuera —de nuevo— CoD: Warzone, Halo: Infinite o, en los últimos tiempos, Rainbow Six: Extraction. Entiendo que la mayoría sienta que cuanto más, mejor, pero en mi caso, eso provocó que volvieran aquellas sensaciones de fatiga que me atosigaron el par de meses previos a vender mi PS5, solo que en este caso, todo ocurrió mucho más deprisa.
Empecé a echar de menos aquellas noches en vela jugando a Ghost of Tsushima (recalco de nuevo que este exclusivo de Playstation fue de los últimos en conquistarme, y el hecho de no haberlo completado me persiguió desde el mismo día en el que le dije adiós), simplemente jugando y pasándomelo bien explorando su mundo abierto. Incluso empecé a añorar Demon’s Souls, ya que en el horizonte, el atisbo de lo que podría llegar a ser Elden Ring me hizo querer volver a sumergirme en un Soulslike, y qué mejor manera de hacerlo hoy en día que en el cuasi remake obra de Bluepoint Games cuando ya se ha completado Dark Souls Remastered, Dark Souls 2: Scholar of the first Sin, Dark Souls 3 junto a sus dos DLC además de Bloodborne.
En un plazo de dos semanas después de haberlo pasado en grande con mi Xbox Series X, tomé la decisión que hasta ahora ha resultado ser la más sensata en lo que va de año, regresar con el rabo entre la piernas a la que hacía no tanto había sido mi casa de juegos, a pesar de todo lo que perdería por el camino como bien ya os he explicado en los párrafos anteriores.
Aún con todo ello, mi decisión resultó ser más firme de lo que hubiera imaginado una vez me hice a la idea de que deseaba resarcirme de mis actos trayendo de vuelta a casa a mi anterior compañera de aventuras, pero claro, ¿cómo narices iba a ser capaz de comprar por segunda vez una consola que a lo largo de 2021 y en lo que va de 2022, ha seguido siendo carne de polémica por una severa falta de stock lejos de solucionarse? La respuesta muy a mi pesar, resultaba ser el mercado de los especula…[tos][tos], quiero decir, de segunda mano.
Febrero ´22
Después de haberla sostenido en mis manos, de haber jugado con ella durante meses y, de manera consciente, venderla para hacerme con otra máquina igual de potente o superior (según quien lo lea), ¿ahora tendría andar detrás de quienes todo este tiempo han jugado y vendido al mejor postor sus múltiples PS5? Pues sí, ya que la única cadena de tiendas donde yo tenía más facilidades de hacerme de vuelta con una de ellas, GAME, ya me había cerrado el grifo desde el mismo instante en que pude comprar la primera, por lo tanto ya no era una opción, y no estaba por la labor de andar refrescando Twitter a cada segundo para saber qué tienda, ya fuera Mediamarkt, El CorteInglés, Amazon, etc., la tendría disponible.
Una vez aceptada la cruda realidad, aposté por crearme una cuenta en una famosa página de venta de segunda mano para hacerme una ligera idea de los precios a los que se mueven las ventas de Playstation 5. Una primera toma de contacto para llevarte el chasco, respirar hondo e idear un plan, aunque honestamente y para mi sorpresa, el golpe no fue tan fuerte como esperaba.
Lejos quedan ya aquellos días en los que decenas de titulares copaban las portadas de la mayoría de medios digitales dedicados a la industria del videojuego que exponían las cotas de locura a las que podían llegar ciertos usuarios pagando la friolera de 25000 dólares para poder hacerse con una PS5. Lo dicho, de locos, pero la fortuna nuevamente decidió sonreírme y yo no pude más que suspirar de alivio cuando al navegar por esa web de segunda mano, me encontré con que unos cuantos vendedores no pedían más de 600 Euros para poder comprar la consola, que además venía precintada, o lo que es lo mismo, de primera mano.
Si todavía queda algún despistado que no se haya dado cuenta todavía, efectivamente, esos precios, a pesar del coste extra de 100 Euros, me hacían resoplar de felicidad puesto que mi plan pasaba por vender mi Xbox Series X por la misma cantidad para así poder lanzarme a por mi añorada “dama de blanco”, sin pagar ni un duro de más.
Aunque pudiera parecer complicado puesto que en los últimos tiempos permitirse una “bestia negra” es más accesible con ayuda de Xbox All Access, tuve la suerte de que en el transcurso de tres días, logré encontrar un comprador para mi Series X, y así, en el mismo día en que pacté la venta, ofrecí esos futuros 600 Euros a la persona dispuesta a vender su PS5 por dicha cuantía, la cual aceptó quedar conmigo para hacerme entrega de la máquina solo un par de horas después.
En la noche del 16 de Febrero volví a echarme una partida a Ghost of Tsushima, esta vez con la convicción de que lo terminaré no sin antes disfrutar de cada palmo del mapa que aún me queda por descubrir, y así con cada juego que vendrá después de este y que experimentaré en mi nueva PS5, ésta vez sin reprocharme absolutamente nada de nada.

