
Con decir que viendo Spider-Man: No Way Home me he emocionado como hacía mucho tiempo que no me ocurría, que también he llegado a soltar una lagrimita y que mi corazón se ha acelerado por momentos como pocas veces me ha pasado en una sala de cine, aún con todo ello, las palabras que expresaré en esta crítica se quedarán cortas, puesto que el arte de analizar objetivamente un producto audiovisual de la envergadura de lo último del trepamuros encarnado por Tom Holland, esta vez acompañado también por Benedict Cumberbatch como Doctor Strange y un multiverso en ebullición, no puede limitarse únicamente a una serie de impresiones en vano, sino más bien expandirse a la experiencia que resulta ver cómo culmina esta trilogía que vimos nacer en 2017 de la mano de Jon Watts y cía.
Aunque parecía estar destinada a quedar un peldaño por debajo de la protagonizada por el magnífico Tobey Maguire y las dos cintas que vieron a un asombroso Andrew Garfield enfundarse el traje del amigo y vecino arácnido, con esta última entrega logra elevarse lo necesario para codearse con sus hermanas hasta el punto de que a día de hoy, estemos ante el culmen de lo que a adaptaciones de cómics al cine se refiere, y sí, incluso por delante de Vengadores: Endgame, ya que la particularidad de Spider-Man: No Way Home es que, al igual que ocurría en parte con Shang Chi y la Leyenda de los Diez Anillos (2021), el ritmo está constantemente bien equilibrado, tanto a nivel de comedia, como de dramatismo y espectacularidad (las secuencias donde figure Doctor Strange siempre nos dejarán boquiabiertos), todo ello aderezado por las grandes actuaciones de todos los personajes que intervienen en la cinta y que gozan de su momento para brillar, destacando de entre el grupo de villanos a los que en esta ocasión le tocará a nuestro protagonista enfrentarse, el Duende Verde de un Willem Dafoe al que parece que los años no pasan factura desde Spider-Man (2001), y un Alfred Molina que retorna como el Doctor Octopus para recordarnos por qué hace 17 años disfrutamos tanto de él en Spider-Man 2 (2004).

Ambos personajes son los que en primera instancia ayudan a que la trama coja carrerilla hasta el punto de inflexión que resultará posteriormente en la gran batalla final de la que ya hemos disfrutado algunos adelantos, pero que una vez se revela al completo, se convierte en uno de los mejores climax que se hayan podido experimentar en una sala de cine si se es fan de Spider-Man.
A todo esto y retomando mis palabras al comienzo de este texto que no crítica, lo último de Spider-Man supone un cierre espectacular a un arco argumental que hemos podido ver evolucionar como nunca antes —tomando en cuenta el rol que ha supuesto Iron Man y Los Vengadores en la vida del Peter Parker de Tom Holland—, así como el comienzo de una nueva era llena de posibilidades para Marvel Studios, que ya debe estar regodeándose con el futuro estreno de Doctor Strange y el Multiverso de la Locura, esa apetitosa secuela que promete poner patas arriba definitivamente el UCM.
Puntuación: 10 de 10

