Un día baladí, Vincent Bishop, hombre inglés de unos treinta años cuyo pasado seguía siendo poco más que un misterio para los vecinos de la pequeña urbe massachusetana a la cual se había mudado en silencio durante el invierno de hacía un par de años, caminaba por las calles de dicho municipio cuando de la ordinariez de una cantina pedestre vio salir a una bella moza, de marcadas curvas añil aterciopeladas y semblante inmaculado, esculpida a imagen y semejanza de la cortés Afrodita. Al poco de fijar sus ojos en aquella dama, la belleza de su rostro le recordó al de una antigua amante, motivo capital de su pasada evasión y a quien tras varios meses, por fin lograba olvidar.
Dicha eventualidad le hizo arremangarse e insuflar ambos pechos con el valor de los necios, el mismo del que se sirvió tiempo ha y sin más dilación, comenzó a ir detrás de ella, siguiendo uno a uno sus pasos.
Esperando al momento adecuado para abordarla, se sorprendió al observar como se detenía en medio de la vía por la que caminaban, provocando que el resto de transeúntes, malhumorados ante tal comportamiento, tuvieran que eludir el perímetro que sin esfuerzo había conquistado para poder proseguir con sus respectivas rutinas. En su caso, cesó el trote unos metros en pos de su espalda descubierta, aguardando al que sería su próximo movimiento, quieto, emulando la pose de cualquier cazador que se halla a punto de cobrarse la vida de su futura captura.
Inesperadamente, la moza comenzó a virar su cuerpo y cabeza en dirección a él, anclando su mirada sobre la confusión que en ese instante denotaba. Ignorando el por qué, sintió un ligero sobresalto adentro, el cual le hizo retroceder unos centímetros, como si una fuerza etérea, imperceptible, le estuviera alertando de un peligro que a punto estaba de abalanzarse sobre él, pero como el hombre impávido que Vincent era, guardó su posición y, tomando antes un poco de aire, se dirigió a ella:
—¿Anna?
Aún permaneciendo muda, logró atisbar en su rostro lo que parecía una suave mueca traviesa.
—No puede ser, ¿cómo es posible? —dijo, causando para su sorpresa la aproximación de aquella mujer.
Con ella justo enfrente, no pudo evitar relamerse los labios, convencido de que la soledad que lo llevaba acorralando más de setecientos días no se adueñaría ni de él ni de sus pensamientos de nuevo, cuando al fin, con una voz tan dulce como la de su antiguo amor, la muchacha habló:
—Dime, ¿me quieres? —soltó a la par que con sus centelleantes pupilas, se infiltraba a través de los ojos de Vincent como un alfiler atravesando las hebras de un tejido.
—Sí —no se amilanó ante ella, a pesar de los diez o quince centímetros que le sacaba de diferencia.
—¿De verdad? —inquirió en esta ocasión sonriendo con picardía, provocando que se tambaleara, perdiendo involuntariamente el control de su cuerpo.
—Sí —concluyó como pudo, aguantando la respiración y tragando saliva, así como parte de su sofocada hombría.
—Entonces ven conmigo —cuando al fin fue liberado de aquellas cadenas ópticas, éste le dio la mano y la siguió.
Anduvieron cerca de un cuarto de hora más o menos, hasta plantarse frente al puente a las afueras del pueblo que da entrada al mismo. A Vincent le era imposible no sentirse desconcertado por ella, sus intenciones y lo que se proponía habiéndole llevado allí, por lo que no pude evitar preguntar:
—¿Por qué me has traído aquí?
—¿Qué pasa, tienes miedo?
Vincent espetó con ferocidad sus rabiosos luceros en los suyos ante tal burla y, aprovechando que aún la tenía cogida de la mano, tiró de ella hacía él, amarró ambos brazos alrededor de su cadera, y proclamó: —Ya sabes que yo conozco el miedo.
—Eso quería oír —acercó sus labios peligrosamente a los suyos, soltando una ligera brisa sobre estos —Vamos, ya estamos cerca.
Al descender la escalinata adyacente que llevaba a los bajos fondos del viaducto, escondieron su coqueteo de posibles miradas ajenas dentro del túnel que se daba bajo la estructura. En medio de aquella oscuridad subterránea, Vincent comenzó a besarla con vehemencia no solo en los labios sino también en el cuello, como en el pasado había hecho, a lo que ella le correspondió con ecuanimidad, ambos sabían a lo que habían ido allí por lo que dejando de lado los fútiles preliminares, él fue el primero en desvestirse, esperando a que ella hiciera lo mismo, pero una vez más, la imprevista conducta de la joven zurró su presuntuoso honor, puesto que ella no hizo nada salvo mirarle.
—¿Qué es eso? —preguntó refiriéndose a lo que parecía ser un lunar excesivo sobre el pecho izquierdo de Vincent.
—Nada, una mancha sin más —respondió, para inmediatamente preguntarle: —¿No vas a quitarte el vestido?
—Prefiero hacerlo así.
—Está bien, como quieras —desconcertado por su extraña manera de ser además de por la situación en la que se hallaban, se dejó llevar por la excitación que le corroía por dentro.
Mientras sus gritos reverberaban a lo largo de la elipse herrumbrosa bajo el puente, Vincent notó que algo extraño ocurría. Cada vez que con su mano agarraba la bella melena dorada de Anna, sentía como entre sus dedos se embrollaban decenas de hilos que caían de aquella cabellera. Al principio no le dio más importancia puesto que la alopecia femenina era algo a lo que había estado acostumbrado desde niño, aún recordaba los días en los que su madre se pasaba horas frente al espejo maquillándose, espectando en silencio y con soberana templanza su paulatina calvicie, pero más allá de eso, otra cosa que llamó poderosamente su atención fue la gradual permuta del sabor de la saliva de ella en su paladar. Por alguna razón desconocida, éste evolucionó de una ligera dulzura inicial sentida por todo hombre al besar a su amante, a un regusto un tanto más amargo y desagradable, evocando en último lugar al olor que se da al extinguirse un fuego. Llegado ese momento, la apartó de golpe y escupió los vestigios de su espumajo que todavía inundaban el interior de su boca.
Aún tosiendo a causa de aquello, Vincent dijo en voz alta: —¿¡Qué demonios está pasando aquí!?
—¿A qué te refieres?
—Tu boca…, su sabor…
—¿Ya no te gusta?
Molesto no solo por aquella respuesta sino también por el desinterés que desprendía su ahora hosca voz, su paciencia se agotó y de un brinco se puso en pie, tomando la ropa que minutos antes tiró al suelo, vistiéndola con celeridad debido a la sobrecogedora presencia de la negrura que gradualmente se había ido adueñado de la situación.
—Esto ya es demasiado, me marcho de aquí.
Abrochado el último botón de la camisa y el señero de sus pantalones vaqueros, tajante en su decisión de marcharse de allí con o sin ella, preguntó por simple cordialidad a disgusto de su razón: —¿Me acompañas?
—Adelántate —respondió en un tono áspero y adusto. —Ahora te sigo.
—Eso haré —se giró atemorizado y comenzó a caminar hacia la repentina distante embocadura del pasaje—¿Cómo es posible? Este túnel no parecía tan extenso —se preguntaba a la vez que aceleraba el paso para escapar cuanto antes de aquel desatino cuando sin razón aparente, sus pies, notó, parecían hundirse más y más en el suelo con cada pisada que daba a lo largo de la médula encharcada. —¿Qué ocurre? —al mirar abajo, la manifestación espontánea de un brote líquido y pegajoso de color oscuro, más parecido al alquitrán que a lo que segundos atrás se distinguía como mera agua anquilosada, enervó su ser. Ésta masa alcanzó sus rodillas y, a pesar de la fuerza que hacía para liberarse, impidió que moviera las piernas, reteniéndole en medio de la lobreguez de aquel tránsito.
—¡Ayuda, por favor! —gritó con intención de que la joven le auxiliara, no recibiendo réplica alguna. —¡¿Hola!? Vamos, sé que estás ahí, ayúdame antes de que…
—¡¿Antes de qué?! —su agria y odiosa dicción resonó a través de las paredes curvas, provocando que un fuerte escalofrío recorriera su espalda.
—Venga, por favor, ven aquí y ayúdame, estoy atrapado —esperó entonces en silencio a que respondiera pero, por segunda vez, volvió a no ser compensado, aunque en esta ocasión pudo escuchar el eco de su respiración y el sonido de sus pasos acercándose a él, los cuales para su angustiado asombro, no conseguía distinguir de que lado del túnel procedían.
—¿Alguna vez te has parado a pensar en lo que se siente al estar indefenso ante una alimaña? —la escuchó hablar desde su derecha.
—¿Alimaña, de qué estás hablando? —replicó.
—¿El estéril valor de los intentos por huir, por escapar de lo inevitable? —ésta vez su voz provenía del flanco izquierdo.
—No entiendo de lo que estás hablando —contestó inerme ante lo que quisiera que estaba pasando, mientras su cuerpo era engullido paulatinamente por aquel lodo opaco y movedizo, casi viviente, cuando de repente la resonancia de los tacones sobre la piedra mojada se detuvo. En ese momento, logró distinguir su silueta a cerca de un metro de sí.
—¿Qué se siente al estar desamparado en mitad de la noche y saber que lo que hagas no servirá de nada?, ¿te lo has preguntado?
—¡¿Qué quieres de mí, eh?! Dime ya que quieres de mí —Vincent gritó encolerizado, volviendo a buscar el modo de zafarse de aquella viscosidad desgraciada.
—Solo una cosa —y entonces dio un paso adelante, desvelando consigo una figura repulsiva y atroz. —Que recuerdes.
Amedrentado e inmóvil ante aquella vista, por el hedor de la piel carbonizada y la sangre seca acumulada entre sus grietas, por las deformidades que cubrían todo aquel cuerpo infausto, desde su aberrante cojera a la mandíbula que peleaba por no sucumbir a su propio peso, por su frente magullada y el mísero número de cabellos que aún pendían, además del brazo izquierdo cercenado. Con apenas fuerzas para mantenerse firme, dijo: —Mírame, Vincent.
Él obviamente evitaba hacerlo, así que ante su desobediencia, aquella aversión le agarró de la cabeza y la echó para atrás. Los ojos de Vincent se abrieron y, como un imán, eran incapaces de desviar la mirada una vez se encontraron con la rojez abrasadora de los de la criatura.
—La llama que antaño se congeló y que ahora, al igual que los carámbanos en invierno, se derrite y deshace para ser olvidado en el tiempo —levantó su cabeza, abriéndose la boca de él involuntariamente con ese gesto, y de la cavidad tétrica de donde debería estar la suya si aquel maxilar no se encontrase suspendido y en continuo balanceo, comenzó a caer una fina cascada de ceniza dentro de la de Vincent, hasta que toda ella o ello se desvaneció en las profundidades de su garganta.
Cayó desmayado...

