Ploc, ploc, ploc…
Aún inconsciente sobre el pavimento húmedo, Vincent poco a poco se fue reincorporando a causa del eco de las gotas que caían sobre los charcos de aquel túnel y, apoyando una mano tras otra en el suelo, consiguió arrodillarse, llevándose una de ellas a la cabeza.
—Argh, ¿qué ha pasado? —se preguntó, echando un vistazo a su alrededor, confuso por si todo lo que había ocurrido había sido real o nada más que una aterradora alucinación. Lo único que recordaba con certeza eran los rasgos pesadillescos aunque coincidentes de la cara de aquel horror andante con los de la mujer que antaño le había arrebatado el corazón. —Anna —no paraba de resonar ese nombre dentro de su cabeza.
En los dos años que llevaba alejado del condado de Yorkshire nunca antes un recuerdo de aquella etapa le había asaltado con tanta fiereza como en esta ocasión. Su vida en Inglaterra la había dejado atrás después de la trágica muerte de Anna, la primogénita de Albert y Emily Davis, familia aristócrata para la que Vincent trabajó a lo largo de un lustro como mozo de cuadra y de cuya hija él había estado enamorado desde la primera visita que hizo a la finca, llegando incluso a convertirse ella en una de las muchas conquistas de las que el entonces joven alardeaba en el bar frente a los amigos de la villa donde vivía y, con el paso de los años, en quien él se refería como futura esposa.
—¿Por qué me ha ocurrido esto? —seguía turbado por lo recién vivido y los subsecuentes pensamientos que como consecuencia inundaban su mente, provocándole un ardor interno casi lacerante —Ummm…, necesito descansar —se levantó y, a duras penas, puso rumbo a su morada.
Por el camino, la distintiva crepuscular que se extendía a lo largo y ancho del cielo hizo que la incredulidad se apoderase de él. —¿Cuánto tiempo he pasado ahí dentro? —se preguntaba a la vez que la cordura y la vista empezaban a jugarle malas pasadas, simulando sombras allá donde no las había, poblando cada una de las calles por las que Vincent pasaba. No conseguía quitarse de encima la sensación de que aquellos reflejos sombríos, de ojos huecos y pavorosos infinitamente profundos, le seguían, incansables, observando cada uno de sus movimientos.
Una vez llegó a la minúscula habitación donde vivía, se dirigió al baño y se echó agua por toda la cara. El calor que de manera incomprensible se estaba gestando dentro de él le mantenía sofocado. La garganta, seca como nunca antes la había sentido, no lograba hidratarla, ni aún después de la ingente cantidad de agua que había ingerido. Ignorando qué hacer, decidió echarse en la cama y esperar, convencido de que todo lo que necesitaba era una siesta decente cuando al instante de cerrar los ojos notó como el colchón se reblandecía y, tan leve como una nube, poco a poco empezaba a devorarle. Intentó por todos los medios agarrarse a los bordes de su catre sin éxito, sórdidas extremidades oscuras surgieron de aquel pozo lóbrego para abrazarle y arrastrarle hacia las profundidades de la reminiscencia.
La noche poseyó la bóveda sobre él, una no estrellada, simplemente adornada por la tenue presencia de una luna amedrentada tras las nubes que se daban frente a ella. —¿Dónde estoy? —le costaba distinguir su ubicación, abarrotada de árboles y arbustos que le impedían caminar con facilidad. —¿Dónde demonios me encuentro? —seguía preguntándose caminando sin rumbo hasta que a lo lejos vio una intensa fuente de luz. Corrió hacia ella y se encontró con una casa en llamas. Escondido entre el aguzado matorral, se fijó en la silueta de un hombre de pie frente a aquella morada que se venía abajo a causa del fuego. Gritos desde el interior no paraban de sucederse, una mujer pidiendo ayuda. —Esa voz…—se dio cuenta de quién gritaba pero no podía hacer nada, no era más que un mero espectador de su propio sueño, ¿o se trataba esto de un recuerdo? Todo resultaba demasiado realista, los gritos, el calor de aquellas llamas sobre su piel aún a diez metros o más de distancia, como para que todo ello se tratase de una simple creación ilusoria, o al menos así lo sentía.
—¡¿Anna?! —él bramó mientras la escuchaba chillar y luchar por encontrar una escapatoria que nunca hallaría. De nada servían sus gritos, no podía cambiar lo que ya había ocurrido. Siguió observando.
El hombre que la mantuvo retenida no parecía inmutarse, erguido frente a aquella bola de fuego. ¿Qué le hizo ella para que él acabara con su vida? No lo sabía, ¿acaso llegó a saberlo alguna vez? No estaba seguro, el último recuerdo que tenia de aquel infame era el de verlo salir corriendo de la escena.
Cuando la última llama se extinguió, uno a uno, pasos involuntarios le fueron acercando a los restos carbonizados del tugurio. Cada vez más cerca, el olor de la carne calcinada de la que una vez fuera su amada comenzaba a penetrar sus fosas nasales, pero en lugar de hacerle retroceder, esto le atraía más hacía el cuerpo de Anna. En medio de aquel infierno, fue levantando las vigas que podía hasta que diera con el cadaver de la joven cuando, bajo una de estas, lo descubrió, pero antes si quiera de poder asimilar aquella imagen, el relincho y el galope de un caballo que se acercaba le hicieron esconderse rápidamente tras unos árboles a la zaga de la catástrofe.
Examinando desde las sombras, presenció la llegada del jinete quien no por casualidad se había presentado allí. Antes siquiera de que el caballo se detuviera, el hombre se lanzó a la carrera y tiró sobre los vestigios abrasados. Con ambas manos, levantó cada uno de los restos de madera con desesperación, jadeando como si supiera que lo que acabaría encontrándose no sería más que el cuerpo sin vida de un amor antaño compartido. Una vez dio con ella, los gritos de dolor que emitió conmovieron por un instante a Vincent quien cayó en la cuenta de quien era aquel individuo.
—¿Johnathan Macy? —se inquirió —¿Por qué está él aquí?
El imberbe John, futuro heredero de la fortuna Macy, dueños de la fábrica textil que proporcionaba cerca de la mitad de las ganancias del pueblo donde vivían, era un apuesto aunque bisoño hombre que había estudiado en América. Una vez de vuelta, Vincent, quien por esa época ya había planeado un futuro junto a Anna, se dio cuenta de que éste engreído ricachón, al igual que él se había interesado en la primeriza de los Davies, llegando incluso a compartir veladas juntos en la casa de invitados donde residía tras regresar del continente americano. Un día, Anna se le acercó a Vincent mientras trabajaba en el establo para comunicarle la intención de ambas familias de unir a los dos jóvenes en matrimonio.
—Entonces los rumores eran ciertos, ¿me harás a un lado para casarte con ese hipócrita acaudalado? —le preguntó un rabioso Vincent.
—Es lo que mis padres creen conveniente, que ambas familias unamos nuestros lazos más allá de los acuerdos comerciales —concluyó Anna.
—¿Pero es lo que tú quieres? —confiaba en el pequeño atisbo de esperanza que su respuesta dispuso ante él —Podemos marcharnos de aquí, liberarnos de toda atadura familiar y empezar una vida juntos, lejos, donde nadie nos encontrará —proseguía soñando con una vida junto a ella. —Mira, hay una cabaña en las afueras, la que le pertenecía al viejo Sturbridge, está abandonada, podríamos encontrarnos allí una de estas noches y dejar atrás este pueblo para siempre.
Ella le miró con desazón: —Vincent…
Aquella mirada le hizo darse cuenta:—Ya lo entiendo, eso es para ti nuestro romance, ¿verdad? Nada más que un lustro cuya llama se ha congelado y que ahora, al igual que los carámbanos en invierno, se derrite y deshace para ser olvidado en el tiempo.
Anna terminó aquella última conversación disculpándose: —Lo siento mucho —alejándose despacio, dándole en última instancia la espalda.
Los celos al rememorar aquello le encolerizaron, frunciendo el ceño y cerrando el puño de su mano izquierda con rabia. Ahora lo recordaba, cómo el vástago de los Mazy le arrebató el afecto de su deseada prometida de un día para otro y el profundo pesar que aquel hecho le hizo padecer. Creía que ambos habían estado destinados a estar juntos, ¿o acaso habría sido todo una simple aventura juvenil, irrelevante para ella la cual le mantuvo cegado desde el principio? La frustración le invadió y las lágrimas brotaron de sus ojos. —¿Con qué propósito me hallo aquí, reviviendo este dolor?
Enfocó su mirada una vez más en John sosteniendo el cuerpo de la joven amante entre sus brazos, cuando se percató a lo lejos de la presencia del mismo hombre que impasible, puso fin a la vida de Anna, ahora sustentando un arma de bajo calibre. Éste se aproximó y de un grito, dio a conocer su presencia al afligido Mazy.
—¡John Mazy!
Giró la cabeza y lo último que vislumbró fue el fogonazo que provino del cañón de aquella pistola. Un disparo certero a la cabeza que le hizo desplomarse exánime sobre la difunta muchacha. El trabajo parecía estar hecho para el desconocido encapuchado que nuevamente salió corriendo del lugar sin mirar atrás, dejando caer el arma tras de sí, ocultándose en el recóndito interior del bosque donde se hallaban.
Vincent entonces salió de su escondite y marchó hacia ambos cadáveres, plantándose de pie frente a ellos, mudo. La rabia todavía podía sentirla fluir dentro de sus venas. Ardía en ganas de hacerles pagar a ambos por lo que le habían hecho sufrir, en caso de que aquel hombre no se le hubiera adelantado. —Un momento —se fijó en la parte interna de la chaqueta de Johnathan, la esquina de una hoja de papel sobresalía. —¿Qué es esto? —la cogió y leyó:
Allá donde Ned Sturbridge vivía,
dirígete en soledad y al anochecer,
antes de que las llamas,
extingan su vida.
La nota hizo que se le helara la sangre. Un poderoso escalofrío atacó su espalda llegándole hasta la nuca. Exhaló una vez tras otra, intentando aplacar el ritmo creciente y feroz de los latidos de su corazón. Ambos ojos, desidiosos ante los parpadeos, se mantuvieron abiertos mientras pequeños copos de nieve empezaban a caer. El invierno estaba cerca.
—¿Cómo es esto posible? —incrédulo se preguntaba. —Nada de esto es real, no puede ser, no pude hacerlo… —lloró por lo que acababa de descubrir. —Yo nunca le hubiera hecho daño, yo nunca la hubiera matado.
—Pero eso fue lo que hiciste —la voz de Anna resonó tras de sí —Acabaste con mi vida y la del pobre Johnathan por el mero de hecho de no ser correspondido pasionalmente.
—Anna, ¿eres tú? —la buscó con los ojos sin éxito —¿Dónde estás? Lo siento, lo siento mucho, nunca quise hacerte daño.
—Basta —sentenció con dureza. —Aunque reniegues de lo que hiciste, la podredumbre que yace en mí te pertenece como consecuencia de tus actos nunca dejará de hacerlo, desde el mismo momento en que me encerraste en aquella choza, mutilada a traición y víctima de las llamas que tu odio dio a luz.
Vincent, gimoteando, deploraba desamparado: —¿Qué quieres de mí entonces? —cuando frente a él se mostró, impoluta, el bello recuerdo que tenía de Anna cuando todavía compartían su amor.
—Nada que tú puedas ya ofrecerme, solo verte sufrir, una y otra vez.
—¿Una y otra vez, a qué te refieres?
Ella alzó la mano derecha y con su dedo índice tocó el pecho izquierdo de Vincent, justo sobre su corazón: —Jamás escaparás de ello, allá donde tú vayas, esta condena te acompañará —poco a poco, la preciosa joven se fue tornando en aquella misma criatura que le asaltó en el túnel. La piel carbonizada, aquella mandíbula colgante, el olor a muerte. —Y cuando creas que eres libre, volveré a presentarme ante ti para recordarte lo que hiciste, una y otra vez, hasta el día en que exhales tu último aliento —con un ligero empujón de aquel mísero trozo de carne putrefacto, él cayó hacia atrás, despertándose de un sobresalto en la cama de su habitación...

