
Desprecio, con esa rotundidad se referirían a mí mis padres si aún se hallaran con vida y supieran que su hijo se dedica a la farándula, camuflado en la piel de un bufón cuarentón que busca las cosquillas a sus clientes con chanzas del tres al cuarto en la taberna “El Mentolado de Castilla”. Subsisto siendo el heraldo de la comedia, contando algún que otro chiste, emulando aparatosamente a celebridades o, con la intención de generar más ingresos, denigrándome a prestar servicios de los que en este momento preferiría no hablar.
Cada mañana en cuanto abro los ojos, siempre se repite la misma estampa. Me despierto tirado sobre el suelo del tugurio con una “litrona” y buena cajetilla de cigarrillos Camel, los que la noche anterior me ayudan a ahogar y exhalar mis penas pero que a estas horas no defraudan en proveerme la energía necesaria para aguantar un día más en este despreciable escenario del que al mismo tiempo soy la estrella y prisionero.
Mi sueldo, ridículo en comparación al de otros compañeros de gremio, no da ni para alquilar una habitación de motel.
En muchas ocasiones a lo largo de mi adultez he deseado desaparecer, huir de aquí y labrarme una carrera personificando al buen cómico que varias veces me han llegado a llamar, o simplemente suicidarme, atar una cuerda al raíl del que cuelgan las cortinas que esconden las tablas y por primera vez en mucho tiempo, liberarme de mis cadenas; pero lo cierto es que no puedo, la mirada de mi hijo, eslovaco por parte de madre, me impide llegar más allá de estas simples ilusiones, no soy capaz de hacer oídos sordos a la razón, no podría dejarlo solo en el mundo tal y como están las cosas ahora mismo.
No me queda nada, y aún así, todo me apresa a seguir vivo. Espero de veras que en algún momento la suerte me sonría, aunque a mis cuarenta y seis años, lo dudo mucho.


Gracias papá por no cometer suicidio. Te quiero !! Payasito Dandee