Cuando una desarrolladora decide romper los esquemas y proponernos un videojuego que va a ser diferente a todo lo visto anteriormente, lo normal es que capte nuestra atención y le demos un voto de confianza puesto que la originalidad escasea hoy en día. Gracias a ello, han nacido joyas como A Way Out (2018), un título cooperativo creado por Josef Fares y que no es posible jugar sin la ayuda de un segundo jugador que se una a nosotros de principio a fin, o Subnautica (2014), un survival que nos permite explorar un planeta alienígena rebosante de agua y descubrir la fauna que allí habita. Estas propuestas buscan sorprender al usuario con unas mecánicas novedosas, una dirección artística que sobresalga de la media del mercado y una historia que nos atrape y mantenga intrigados (y pegados al monitor) durante todo el tiempo que dure el juego.
Aunque los dos ejemplos que os hemos dado han resultado convertirse en grandes exponentes de su género en la actualidad, en ocasiones, al buscar ser demasiado original, la propuesta podría acabar saliendo no del todo bien, o lo que es peor, tornándose desgraciadamente en el hazme reír de Internet.
El caso que hoy os traemos es del un juego que, siguiendo la estela de otros cuya base narrativa reside en una discapacidad o enfermedad (con lo que se busca dar visibilidad al conjunto de personas que lo sufren) como Hellblade: Senua´s Sacrifice y el trato que hacía de la esquizofrenia, nos cuenta las andanzas de un joven sordo llamado Dane, que no solo debe hacer frente a las consecuencias de un hecho traumático de su pasado que desde entonces le atormentan, sino que al mismo tiempo, lidiar con lo que a primera vista parece el acoso de un desconocido sobre una de las cantantes del club para el que trabaja. Ese es el resumen más acertado con el que no destripar —si acaso alguno de vosotros lo tenía pensado jugar— la trama que atesora “The Quiet Man”, desarrollado por Human Head Studios, estudio que en el pasado nos trajo Prey (2006) o Brink (2011), y para el que contaron con la participación de Square Enix actuando como distribuidora.
Si bien la idea parece prometedora e incluso intrigante, una vez te pones a los mandos, descubres el por qué de que en su día, este videojuego fuera vapuleado tanto por la comunidad como por la crítica especializada, que a través de Metacritic, lo calificaron sin ningún reparo como el peor juego del 2018. Sin más preámbulos, descubramos qué hizo mal este juego para conseguir grabar su nombre en la historia de los videojuegos:
1) Un sistema de combate nefasto.

Cualquier jugador sabe que lo mejor de un juego de combates es la contundencia de los golpes, patadas y ataques especiales además de lo llamativo que puedan ser estos movimientos, ¿verdad? Puede ser que en este caso no estemos ante una obra que se focalice en el arte de la violencia cuerpo a cuerpo al igual que un Tekken o Mortal Kombat, pero sí es la única mecánica jugable que se nos permite usar a la hora de combatir a los enemigos a los que deberemos hacer frente cada dos por tres, y el gran problema de esto es que el diseño de los “combos” es exactamnete el mismo todo el tiempo salvo contadas ocasiones que tiran de guión. Estar una y otra vez dando tres puñetazos seguidos de un rodillazo puede ser entretenido en la primera pelea del juego (que podéis ver en el vídeo que os hemos dejado arriba), pero después de eso, la cuesta abajo es más y más notoria.
2) El prota está sordo, pero yo no.

No quiero que penséis que me parece mal tomar una discapacidad como la sordera para convertirla en uno de los pilares de cualquier experiencia jugable. Por supuesto que apoyamos desde Free Topic Society la visibilidad que otorgan los videojuegos a las distintas realidades que sufren las personas del globo, pero una cosa es querer que nos emocionemos o sintamos cercanos a este personaje, y otra es obstaculizar esa relación por medio de no darnos la posibilidad de entender qué es lo que está pasando en ningún momento (bueno, en el NG+ se desbloquean los diálogos de todo el juego…, si queréis volver a jugarlo de principio a fin). En efecto, la decisión de mutear todos los sonidos de “The Quiet Man” es de la menos acertadas que hemos podido experimentar en mucho tiempo. Que sí, que en Hellblade éramos partícipes de la mente fracturada de Shenua viendo en pantalla lo que ella imaginaba, pero de ahí a presenciar una escena de dos personas hablando sin saber de qué están conversando hay un trecho, incluso para una persona como yo a la que le encantan Limbo, Inside o Journey, juegos que no precisan de una sola palabra para que captar su mensaje y dejar huella en ti.
3) Gráficazos…, que no vienen al cuento.

Posiblemente el apartado en el que más destaca este título es en el de lo relacionado a lo visual, aún con todas las pegas que le podamos echar. A pesar de contar con muchas cinemáticas live-action, la utilización del motor Unreal Engine para los segmentos jugables luce muy pero que muy bien aquí, con unos escenarios detallados, buena iluminación a la que se le añaden unos reflejos tipo neón sobre la pantalla que embellecen al conjunto y un efecto de desenfoque que no le va mal. Donde sí que se le acaban de ver las costuras es en la recreación de los actores —de carne y hueso— que dan vida a los personajes en el mundo virtual, empezando por unas expresiones faciales que derrochan cero carisma, sobretodo por parte de Dane, seguido por unos movimientos mecánicos que terminan por romper la magia de darles guantazos a los pandilleros que pueblan las calles de la ciudad donde tiene lugar la acción. Lo peor de todo es que la buena calidad de estos gráficos desentona con el resto de lo que desde Human Head Studios nos ofrecen, resultando en una mera anécdota dentro del conjunto.
En fin, como habéis visto, darle una vuelta de tuerca a la experiencia de jugar no siempre va a salir bien, y las apuestas más arriesgadas como la que hoy nos ha reunido aquí pueden acabar por convertirse en carne de burlas y chistes, lo que en el fondo es una pena porque la visión del estudio desarrollador es esa, por la que han trabajado durante todo el tiempo que les ha llevado la producción de la obra.
Aún así, es inevitable coincidir en que cuando las cosas se hacen mal, solo nos queda agradecer las risas de las que hemos podido disfrutar, ¿cierto?

