
Todo empieza con una simple llamada de teléfono, pero no una cualquiera, puesto que la que protagoniza esta trilogía de filmes originaria de Japón (más un remake americano) se diferencia de las demás por la escalofriante melodía que la precede, unas notas musicales que recuerdan inevitablemente a las tantas que de pequeños en algún momento hemos llegado a entonar y que ninguno de sus receptores reconoce por ser la de su dispositivo.
Desconcertados por ese insólito tono, se aventuran en escuchar el mensaje guardado en el buzón de llamadas solo para darse cuenta de que la persona al otro lado de la línea suena exactamente igual a la que ha contestado, concluyendo en un desgarrador grito que a todos deja con los pelos de punta.
Esta es la premisa de One Missed Call (2003), película dirigida por el maestro nipón Takashi Miike y que sentaría las bases de una prolífica saga de terror que, apenas unos años después de que Hideo Nakata nos inquietara a todos con la cinta maldita que albergaba el espíritu vengativo de Sadako (Ringu, 1998), lograría junto a Pulse (Kiyoshi Kurosawa, 2001) sacar provecho de esa ignorancia entorno al virus tecnológico que se estaba propagando por las calles del país del sol naciente, en este caso, a través de los teléfonos móviles de sus habitantes.

Aunque la primera nos presentó a una villana de nombre Mimiko, que a lo largo de tres películas buscaría saciar su sed de mal indiscriminadamente, fueron sus hermanas pequeñas One Missed Call 2 (dir. Renpei Tsukamoto; 2005) y One Missed Call: Final (dir. Manabu Asô; 2006) las que se tomarían la molestia de expandir el lore de esa maldición que azota a los personajes que componen el conjunto, introduciendo nuevas mecánicas con la que poder escapar de ese mortal destino que le depara a quien sea el receptor de la llamada, lo que genera una sensación de frescura que salta de un film a otro, reflejando cómo ninguno se estanca en las raíces que triunfaron a priori, sino que toman riesgos para hacer avanzar la historia y sorprender al espectador.
Seguramente esto último se deba en parte a que cada una de estas películas cuenta con su propio director, ninguno repite o se involucra en el trabajo del otro lo que fomenta esa evolución por querer en parte desmarcarse de lo que ha hecho el anterior, algo que queda patente en el estilo visual, la trama y el ritmo narrativo. Puede que la primera y segunda compartan una puesta en escena similar durante unos cuantos minutos y nos hagan creer que estamos siendo testigos de una expansión de lo ya visto, pero nada más lejos de la realidad. Si hay un detalle que diferencia a esta saga de sus coetáneas ese es el de no restringir su historia únicamente a Japón, sino saltar fronteras y plantar semillas tanto en Taiwan como en Corea del Sur, ubicaciones en donde la secuela y el capítulo final exploran esas novedades que deciden integrar en el mix, y que sirven no solo al propósito de ofrecer novedades a nivel argumental sino también al de unificar tres culturas diferentes con el fin de combatir un mismo mal, cosa que uno acaba agradeciendo por la variedad de situaciones que aporta a la historia entorno a esta maldición.

Regresando a esa búsqueda de la identidad propia en la que se sumergen los tres cineastas que dirigen esta trilogía, es interesante ver cómo el paso de los años influye también en la manera de gestar el terror al que el primero dio forma y lo que lo rodea. Si la entrega original es una oda a ese suspense que tanto caracterizaba a la visión que se tenía del género en el Japón de la segunda mitad de los 90 y principios de los 2000, en donde se duda de que los personajes puedan siquiera tener unos minutos de felicidad, Tsukamoto y Asô rompen con esa tradición proveyendo a sus respectivas protagonistas de un recurso amoroso para no sentirse desamparadas emocionalmente, al contrario que Yumi, la cual puede contar con el detective Yamashita pero nunca compartir la profunda empatía que si pueden Kyoko y Emily, aún a pesar de todo ese caos del que acaban participando a la fuerza, un caos que se maneja con tacto en los dos primeros filmes, pero al que en el tercero se da rienda suelta para que se gane en diversión —y también intriga—, con ese grupo de alumnos de viaje que acaban siendo masacrados uno a uno, algunos de las formas más inusuales, lo que hace que su hora y cuarenta minutos de duración sean de las más entretenidas (que no mejor que sus antecesoras) de la trilogía.

Aunque esa elección por parte de los realizadores de ir un poco más allá y no depender en demasía de esa cocción a fuego lento que caracteriza a la primera pueda provocar que en ocasiones palidezcan en comparación a la calidad del pavor que logra insuflar Miike con sus largos silencios rotos únicamente por la siniestra melodía a la que antes hacíamos alusión, además de por la presencia de ese fantasma obcecado en inquietarnos con su lento movimiento e inexpresivo rostro—puede que hayamos terminado de ver las películas pero el escalofrío lo mantenemos—, es precisamente ese contraste lo que ayuda a mantener el interés de principio a fin en cada una de las entregas, porque en todas hay algo nuevo o diferente que no se espera y que le da una vuelta de tuerca a lo que creíamos conocer.
Además de que “One Missed Call” se haya ganado el estar considerada una de las contribuciones más destacadas al vasto paraje que es el terror en la actualidad, como ocurre en estos casos, los derechos del film original los compró la Warner Bros para realizar un remake occidental que hiciera llegar la historia a un público más amplio que el que reúne el cine oriental tras sus fronteras. Obviamente y a tenor de otras muchas adaptaciones previas de cintas del J-Horror como la de Pulse (dir. Jim Sonzero; 2006), el producto final que se estrenó en el 2008 a cargo de Éric Valette, dista no mucho a nivel de composición narrativa, pero sí de calidad, con un muy marcado carácter hollywoodiense en el que los sustos que antaño se lograban con un preciso manejo de los tiempos dan paso a los ya arcaicos jumpscares o CGI de risa, además de variar la fórmula en ciertos aspectos como el final o el peso de los personajes en el devenir de la trama, aunque manteniendo intacto el esqueleto de la fuente en la que se basa.

En definitiva, Takashi Miike dio a luz un gran producto audiovisual que enerva la sangre por el contexto en el que se suceden sus hechos, el de una sociedad que inconscientemente permite que la tecnología poco a poco los controle y se convierta en parte de su día a día, el medio idóneo desde el que atacar a las víctimas de esta maldición una vez les ha llegado la hora. Además de ello, con las aportaciones de Tsukamoto y Asô, la historia solo ha ganado en profundidad con revelaciones que dan que pensar y mantienen en vilo a la audiencia por conocer el desenlace de la misma y el destino de los protagonistas, unos que seguramente hubieran preferido que nuestras relaciones no dependieran tanto de la tecnología como entonces ocurría y que ahora se ha llevado a límites insospechados.
Puntuaciones:
1) One Missed Call - 8 / 10
2) One Missed Call 2 - 7 / 10
3) One Missed Call: Final - 7 / 10
4) One Missed Call (2008) - 4,5 / 10

