
Aquella noche, me decidí a escribir. Hacía bastante tiempo que no me sentía en condiciones de hacerlo, pues la profunda aflicción que me causó su pérdida me había dejado abatido, un dolor que me mantuvo aislado de la sociedad durante muchos meses en los cuales noté cómo mi cordura poco a poco se veía consumida por el pesar y pensamientos lóbregos. A lo largo de éstos, no había sido capaz de sostener una pluma con mi mano hasta ahora.
Una vez me senté frente al escritorio de caoba de mi habitación, las palabras comenzaron a brotar por sí solas. No necesitaba pensar acerca de qué escribir, simplemente me dejaba llevar por los sentimientos que estuve reprimiendo todo ese tiempo: tristeza, desaliento, derrota. Cohibidas en mí, a estas emociones solo podía enfrentarme a través de la escritura.
La noche dio paso a la mañana, y las fuerzas no se me agotaban, por lo que proseguí sin pararme siquiera para dirigirme al lavabo. Pronto, lo que no había sido más que un día singular se tornó en dos, y yo no paraba de escribir. Notaba por momentos como ambas de mis manos parecían no estar bajo mi yugo pues no lograba pararlas, pero en lugar de sentirme aterrado por ese hecho, extrañamente me sentí bien, dejándome llevar por el caudal prosaico en el que éstas aparentaban haberse convertido.
Al tercer alba, continuaba siendo prisionero de la grafía. Llevaba escribiendo por casi setenta y dos horas, sin comer ni beber nada. Escuchaba como mi cuerpo me pedía parar, pero por alguna razón, cada vez que procuraba soltar la pluma, mis dedos más se aferraban a ella y mis antebrazos al tablero rectangular sobre el que estaban apoyados desde hacía dos noches.
La falta de sueño empezó a hacer mella en mí. Desde el rabillo del ojo derecho no dejaba de notar la presencia de una figura oscura observándome, fisgando mientras mantenía parte de su cuerpo oculto tras la puerta de mi cuarto, de la que colgaba la chaqueta de cazador que solía ponerme todos los domingos, la cual se hallaba entreabierta. Con el izquierdo, la ventana que daba al maizal de los Weasley, intrigado a la par que horrorizado por desconocer qué se escondía tras las sacudidas que todas las mañanas provocaba que aquellos tallos se agitaran siempre en dirección a mi casa. ¿Habría perdido del todo la poca cordura que me quedaba?. No lograba distinguir la realidad de lo imaginario, y aún así, la tinta seguía imbuyendo de vida a las hojas en blanco frente a mí ahora en contra de mi afán. Tenía hambre y sed, y sabía que la despensa estaba llena pero me era imposible llegar hasta ella. La pluma y el papel se habían convertido en una especie de cadena que me aprisionaban a la mesa en donde escribía.
Las horas pasaban y poco a poco me costaba más y más mantenerme sentado en aquel taburete. Inevitablemente, caí al suelo.
Tras tres días seguidos sin parar de trabajar, mis manos al fin se despegaron del papel, pero en lugar de detenerse como yo tanto ansiaba, éstas pegaron las uñas al suelo y comenzaron a arañarlo, escribiendo lo que en el papel pero ahora sacrificando en el proceso la carne de las puntas de mis dedos. La historia continuaba.
Desesperado, no sabía que hacer. Una vez se evaporaron tanto la piel como el músculo, la sensación del hueso sobre la madera me llevó al delirio incondicional con el que yo casi desfallecía, siendo el mismísimo sentido de la supervivencia que caracteriza a todo ser vivo el que, como una última inyección de adrenalina, me dio el estímulo necesario para poder acabar con esa perturbadora escena.
Me levanté del suelo en contra del empeño de mis manos y, en un último suspiro, me dirigí al chaleco suspendido para sacar el cuchillo enfundado que se hallaba en su interior y cortarme la mano izquierda.
Tras batallar tanto tiempo con aquello que se hubiera apoderado de mí, al fin pude parar de escribir.
Sentado en el suelo con la espalda apoyada sobre el marco de la puerta, solo deseoso de ir a mi despensa a coger algo de comer, sentí curiosidad por saber el qué había escrito a lo largo de aquella tortura inconsciente. Aunque pueda parecer increíble, no lograba recordar nada sobre lo que quisiera que había escrito, por lo que me levanté, rasgué parte de una sábana la cual enrollé alrededor de mi miembro cercenado y me acerqué a la mesa donde unas cuantas decenas de hojas se amontonaban.
Al comenzar a leer, me di cuenta de que la historia no era otra más que la de mi propia vida. Mi triste infancia, mi dolorosa juventud y por último, mi yo derrotado del presente. Mientras leía, me venían a la cabeza todos los recuerdos más infames de mi vida, los cuales culminaban con la pérdida de la única persona a la que amé de verdad, Anna.
Abatido por los recuerdos y por mí mismo, caí en la cuenta de que nunca podría ser feliz en este mundo del que ya nada podía sacarle. Llevado por una melancolía insondable, me dirigí al salón de recepciones y acerqué a la chimenea sobre la cual se encontraba el emblema de la familia del que cogí uno de los rifles de caza que pendían, los que siempre uso para sorprender a mis invitados, cargándolo con un único cartucho. Me lo puse en la boca, y apreté el gatillo.
En la oscuridad hallé la felicidad.
FIN


Truculenta historia. Vales para novelista!
Estás muy gris chico.
No creo que sea tu intención pero es verdad lo que dice Petisos. Así no llegas ni a este finde...
sabes que este relato incita al suicidio . Aun así me esperaba algo mas personal y muy tuyo . Me ha gustado el principio pero no el final .