
Ella se armó de valor y decidió volver a salir de casa para dar una vuelta alrededor de su barrio. Muchas semanas habían ya pasado desde que decidiera llamar a las autoridades y quitarse de encima aquel peso que llevaba cargando inconscientemente durante tanto tiempo, una mala apuesta que poco a poco le había drenado todo rastro de dicha. Por fin, el horizonte frente a sí volvía a brillar, o al menos eso era lo que ella quería creer, tal y como le dijo aquel agente la noche en la que se lo llevaron a comisaría, pero que en el fondo era incapaz de sentir.
Tomó el pomo y empezó a girarlo lentamente. Las vejaciones que la boca de ese malnacido había soltado lograron su objetivo a pesar de encontrarse ahora entre rejas. El exterior, para ella, ahora estaba impregnado por un halo de incertidumbre, casi miedo. No podía evitar pensar en si acaso él se habría escapado y la estaría esperando para culminar su obra. A pesar de ser la víctima, ese desconocimiento la mantenía reclusa dentro de sí misma, pero sabía que no podía permitir que se saliera con la suya, después de todo ella era quien gozaba de la libertad.
Al abrir la puerta, el crepúsculo teñía el cielo. Eso fue lo primero en lo que se fijó además de en el aroma del césped recién regado de la casa adyacente, que al parecer había sido alquilada a lo largo de aquellas semanas. Se acordó entonces de la señora Willis, la anterior dueña con la que compartía no solo el día de nacimiento sino también confidencias acerca de su vida privada, su vida en pareja. Fue la anciana quien, a falta de una madre, siempre estuvo al lado de ella cuando lo necesitaba, y quien, a una semana de perecer, le hizo prometer que ese desalmado pagaría por todo lo que estaba haciendo. Ensimismada en esos recuerdos y en cómo en apenas un par de meses sus vidas habían dado un vuelco inesperado, miró al frente, suspiró y echó a andar.
Aquellos primeros pasos la aliviaron. A esa hora, el vecindario siempre estaba invadido por el griterío de los niños, corriendo de aquí para allá, jugando en muchas ocasiones a tirarse globos llenos de agua los unos a los otros los cuales acababan mojando a los transeúntes que pasaban por la zona. A su vez, los padres y madres se reunían en los porches de las casas que contaran con uno para merendar y charlar sobre sus anodinas vidas mientras mantenían un ojo sobre los críos y otro sobre ella. Como era de esperar, se había convertido inevitablemente en la protagonista de los chismorreos de los vecinos.
Nunca imaginó que, a pesar de todo lo sufrido hasta tomar cartas en el asunto, sentiría estar convirtiéndose en la villana de su propia tragedia, en la catalizadora de todo su pesar sin ni siquiera buscarlo. Aquellos ojos punzantes que rasgaban su valía parecían acusarla o así ella lo entendía. ¿Tanto dolor no era ya suficiente castigo?
Siguió caminando, alejándose todo lo posible de aquel jolgorio vespertino cuando de repente un escalofrío la invadió. La brisa del viento penetró por la holgura del vestido que ese día decidió lucir paralizándola durante unos segundos. El gélido tacto de aquella corriente evocó las manos de su en un principio insospechado captor, la ternura con la que acariciaba cada centímetro de su cuerpo nada más se conocieron o incluso los afectuosos besos que le asestaba. Alguna que otra lágrima todavía brotaba de sus ojos siempre que recordaba esas fechas, pero rápidamente, estos recuerdos se veían apisonados por la vil idiosincrasia que él demostró más adelante. Se recompuso, secó ambos ojos y prosiguió el camino.
Habiendo llegado al corazón del distrito, la incómoda sensación de verse como una extraña frente a todos aquellos escaparates tan familiares provocó que sus latidos se sucedieran con más vigor. Cada uno de los comercios a derecha e izquierda de la rambla representaba una escena del arduo pasado que vivió, y en todas él compartía el protagonismo, tanto para bien, muy a su pesar, como para mal. Aquella tienda de vinilos donde pasaron tardes enteras escuchando a los Pet Shop Boys, la pequeña cafetería que servía el que para ella era el mejor cappuccino de la ciudad donde tuvieron su primera cita…
—¡Basta…, déjalo…, olvídalo! –se dijo. –¡Ya no significa nada! –sentenció, como si tratara de convencerse a sí misma de que lo que decía era cierto, solo para entonces alzar la mirada y entre la multitud de viandantes encontrarle a él, con esa misma expresión cínica que definió su carácter de un día para otro el último par de años que vivieron juntos. Apenas un segundo le bastó para manifestarse y enseguida desaparecer. Ella había esperado lo necesario para volver a pisar el exterior, o eso al menos le dijo la orientadora que le asignaron desde el ayuntamiento, pero ¿se habría él salido con la suya hasta el punto de que su frágil razón se hubiera vuelto contra ella?
Intentó dar de nuevo un paso al frente, pero por mucho que lo quisiera, dos hacia atrás se lo impedían. Aunque deseaba con fervor combatir su tiranía, todavía no era capaz. Parecía casi una afección que se había extendido más allá de su propio cuerpo para finalmente cobrar vida a expensas de la suya. Sabía que todavía le quedaba un largo camino hasta recuperarse por completo de la saña a la que fue sometida, y que él no se merecía ni un solo segundo más del tiempo que ahora ella tenía para sí, pero el momento de enfrentarse a esa congoja aún no había llegado, por lo que dio media vuelta y decidió regresar a casa esta vez tomando un autobús, las nubes tomaron el cielo y la lluvia se hizo paso a través de ellas.
Resguardada en su dúplex, se tumbó en silencio sobre el sofá del salón, mueble que aquellos días le había servido de cama puesto que el dormitorio para ella ahora no era más que el epicentro de su calvario, y encendió el televisor, dándole la espalda a todo lo demás: las cartas que ese día le habían llegado, los mensajes en el contestador… Todo. Solo deseaba evadirse hasta caer dormida, olvidar la presión que por semanas llevaba resistiendo, pero cuando las agujas del reloj coincidieron en señalar la medianoche, cuando por fin parecía haber sido presa del sueño, un ruido provocó que se sobresaltara. Provenía del piso de arriba.
Turbada por aquello, enmudeció los altavoces y concentró toda su atención en la planta superior, intentando deducir qué podría haber sido la causa de ese estruendo. ¿Un cajón que al no ser bien cerrado por la policía la noche en la que se presentaron en la casa, ahora había sucumbido a su propio peso? Era posible. ¿Alguna de las fotografías enmarcadas que colgaban de las paredes de las habitaciones del segundo piso que ahora le había dado por desplomarse? Ya había ocurrido antes, pero mientras la lógica le hacía figurarse todas esas posibilidades, un nuevo sonido la espantó. El tablado crujió no una ni dos veces, como si de pisadas se trataran. Al escucharlo, se levantó con celeridad dirigiéndose a la cocina en donde empuñó un cuchillo. No quería ni pensar en lo que esos crujidos podían significar, pero por si acaso, no quería sentirse indefensa.
Uno a uno, fue subiendo los escalones que daban arriba con el brazo extendido aunque tembloroso y el filo presto a embestir. Cuanto más ascendía, más le quedaba claro que esos sonidos procedían de la habitación, sí, la misma a la que llevaba tiempo sin entrar. El temor intentó apoderarse de ella pero pudo controlarse, empezando por su respiración, ya no agitada, y la firmeza en su marcha. Sabía que nadie se hallaba allí dentro, era imposible, debía de haberlo imaginado. Se plantó frente a la puerta y contempló la fisura bajo la misma, un fresco hálito se estaba colando por ahí similar al que horas atrás le asaltó en mitad de su paseo.
Surcó lentamente sus pies descalzos para después avanzar a lo largo de la pierna, deslizarse por la cadera y rodear su torso hasta llegar al cuello. Entonces, ese aura perenne que la envolvía y que mantenía anonadada, mutó primero en un suspiro que sentía llegar por detrás de su oreja, como si alguien a sus espaldas buscara jugar con ella, para eventualmente transformar las notas que conformaban aquel soplo en una sola cosa, una voz, su voz: —Anna.
De pronto, ella despertó de ese profundo trance en el que había caído, al borde del sollozo, y velozmente se giró sin pensar en lo que hubiera tras de sí, pero el corredor se encontraba vacío. Ella solo quería que él desapareciera para siempre, que los recuerdos que aún la atormentaban cesaran. Nunca haberlo conocido. Volvió a encarar la puerta del cuarto para en esta ocasión, sin pensárselo dos veces, dar un fuerte empujón y revelar sus adentros, rompiendo así la corriente de aire que se había formado a su alrededor.
Todo se encontraba a oscuras, siendo la única fuente de luz una de las ventanas ubicadas en la fachada que al parecer no se cerró debidamente aquel día, por la que entraban con ímpetu tanto el céfiro acompañado por sus respectivas gotas de agua, como el tenue y níveo fulgor de la noche. Echó en ese momento un vistazo de lado a lado y de primeras, la estancia aparentaba estar despejada, por lo que puso un pie en el interior únicamente para sentir como la planta de su pie derecho daba con algo minúsculo y puntiagudo tirado sobre el suelo, que resultaba no ser el único. Al encender la lámpara, descubrió cómo pequeños fragmentos del cristal de los marcos que pendían de las paredes y ahora habían sucumbido a la fiereza de ese primer día de otoño, se hallaban esparcidos por la superficie de la habitación. Sus suposiciones eran ciertas, los defectuosos agarres que soportaban aquellas molduras fueron la causa del fragor.
—Pfff —resopló de alivio, casi agradeciendo que no se hubiera tratado de un desvarío como los que ya había sufrido semanas atrás, pero al mismo tiempo, se dio cuenta de que eso todavía no explicaba los extraños crujidos que le habían hecho subir, ese sonido semejante al de los pasos de alguien caminando a lo largo del cuarto. A pesar de ello, decidió aceptar que seguramente no había sido más que parte de su ingenio jugándole una mala pasada, como ya ocurriera por la tarde. En ese momentos desearía haber tenido a la señora Willis al lado, para poder contarle todo lo que estaba pasando por su cabeza, desahogarse con la ayuda de la única persona que sentía podía contar en toda la ciudad, o que pudo. Ya nunca serás posible.
Una vez cerró la ventana, quiso cuanto antes marcharse de allí no sin antes recoger todas las fotografías que adornaban las paredes, dejando los marcos sobre la cama, incluyendo las que ahora se encontraban a ras de suelo. Salió y volvió al salón. Una por una, fue examinando las instantáneas por última vez previo a deshacerse de ellas, no para recordar los días felices que estas representaban sino para nunca olvidar lo poco que una sonrisa, un abrazo o un beso, aunque al principio afectuosos, significan en realidad, cómo estos gestos pueden moldear una vida hasta convertirla en una farsa sin que te de tiempo a darte cuenta.
Mientras las examinaba, se fijó en que algo extraño ocurría con las tres que encontró caídas. Éstas en particular, secuencias en pareja, parecían haber sido garabateadas. Dos cruces de color rojo sobre sus ojos, dibujados con fuerza al borde de rasgar el papel. Su pulso se aceleró. Aquello no estaba antes de todo lo que la había llevado hasta aquí, estaba segura, pero si ese era el caso, solo era capaz de encontrarle una razón para lo ocurrido. —No puede ser —dijo en voz baja, casi murmurando, inmóvil ante la conjetura que sembró en ella el horror cuando entonces se acordó de que al entrar a la casa, vio parpadear el automático. Al acercarse, el contador aludía a que tres llamadas se encontraban a la espera de ser escuchadas. Sin darle más vueltas, aún con sus manos sudadas y los dedos jugueteando unos con otros, claro reflejo del nerviosismo que le impedía controlarlos, tragó saliva y dio al botón de reproducir:
-Beep-
—Joanna, hoy vamos a trasladar a Marcus —la voz era la del oficial que se lo llevó a comisaría, el mismo que intentó convencerla de que todo lo malo ya había pasado y que debía darse cuenta de que el futuro a partir de ese momento volvería a brillar. —Ya no solo estará preso sino que pasará de nuestra comisaría a la cárcel del condado a la espera del proceso judicial. A partir de ahora, no tendrás que convivir en la misma ciudad que él —terminó la primera grabación
-Beep-
—Joanna, escucha con atención, no sé que ha pasado pero hemos perdido contacto con la furgoneta que se dirigía a la penitenciaría. Te mantendré al tanto de lo que ocurra, pero si ves o escuchas cualquier cosa que sea sospechosa, llama enseguida a la estación.
El miedo definitivamente se apoderó de ella, otra vez, como en el pasado. Las uñas se le clavaban en las palmas. Iba a contactar con la policía en seguida, pero todavía quedaba una última grabación por escuchar.
-Beep-
—Aaahhh… —empezaba con una exhalación suave y ligera, aunque sombría. La persona al otro lado se tomó su tiempo en hablar, pero cuando lo hizo, ella se espantó:—Anna.
Pausó el mensaje. No podía respirar. Esa voz, tan clara como aquel susurro que escuchó hacía escasos minutos. Era él, estaba libre, volvía a por ella. Quedó paralizada, no sabía qué hacer, no conseguía pensar con claridad. Ya había estado en la casa, aquella ventana no se había quedado abierta, él la abrió. Aquellas fotos no cayeron a causa del viento, él las había tirado contra el suelo. Ella le escuchó, sus pasos. No lo había imaginado. Ya había estado allí o, ¿seguiría escondido en algún rincón y ella no se había dado cuenta? Cogió el teléfono decidida a llamar pero la línea se cortó. —¿¡Qué!? —. Se hallaba a su merced, y de nuevo, tendría que hacer frente a quien a punto estuvo de acabar con su vida, pero en esta ocasión, aunque pensar en él le provocará pánico, sí estaba segura de una cosa, no le pondría las cosas tan fáciles.
Tomó de vuelta el cuchillo que había dejado en la sala de estar al lado de las fotografías y lo empuñó con fuerza, con la total convicción de que algo pasaría. Corrió entonces a la puerta principal pero las llaves no se encontraban sobre el recibidor donde ella recordaba haberlas puesto. Se dio cuenta de que él la había encerrado cuando de pronto, aquellos crujidos en el segundo piso regresaron, pero esta vez no solo se limitaron a esas cuatro paredes, se podían escuchar por el pasillo que daba a la escalera que unía ambas plantas. Iba a bajar.
—No, ésta vez, no —se armó de valor, el mismo que usó para esa tarde salir tras tanto tiempo siendo esclava del temor, manteniéndose firme frente a lo que estaba por venir. Lucharía por su vida y no le permitiría salirse con la suya. Ya le había vencido antes, ¿por qué no volverlo a hacer?
…

